Momento #2 — El camión donde mi vida cambió para siempre
- Jetzarela Mireles
- 21 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Introducción
Cuando un viaje no es una aventura, sino una despedida
Hay viajes que se planean… y otros que simplemente llegan y te cambian la vida sin pedir permiso.
A los 17 años, subí a un camión pensando que iba rumbo a una oportunidad… pero en realidad iba dejando atrás mi hogar, mi familia y la vida que conocía.
Esta es la parte de la historia que pocas veces se cuenta: la del dolor silencioso que acompaña a quienes emigramos.
El día que comenzó mi historia de emigración personal
Hay recuerdos que vuelven sin que uno los llame.Uno de ellos es el día que mi mamá y yo subimos al camión rumbo a Tijuana. Íbamos las dos solas, pero con el alma arrastrando tres pedazos que no pudieron venir: mis hermanitos de 12, 9 y 6 años.
Yo casi no comí en todo el camino.No era hambre ni capricho. Era como si mi cuerpo mismo se negara a seguir, como si supiera que algo dentro de mí se estaba rompiendo. El estómago no podía con el nudo de la tristeza; todo me sabía a nada.
Así que me quedé mirando por la ventana.
Desde ahí veía cómo el paisaje empezaba a cambiar y cómo mi vida se iba quedando atrás.Mis hermanas… mis cómplices, mis compañeras de vida.Mi casita sencilla, pero segura.Mi querida Ciudad de México, mi pedacito de tierra… lo único que había conocido hasta ese momento.
Los colores desde la ventana se veían distantes, confusos, como cuando uno llora en silencio y no quiere que lo noten.Así los vi desvanecerse… como si alguien estuviera borrando mi vida con una goma.
La culpa de una segunda mamá
Ahí, en ese camión que avanzaba sin preguntarme nada, yo no me sentía una muchacha de 17 años.Me sentía como una segunda madre que acababa de dejar a sus niños atrás.
El dolor era una punzada constante.
—¿Cómo, mamá? ¿Cómo pudimos dejarlos? ¿Quién les va a dar de comer? ¿Quién los va a cuidar? —le preguntaba una y otra vez, llorando con incredulidad.
Mi mamá solo me tomó la mano.La tenía fría, pero firme.
—Teníamos que hacerlo, mija.—Si no, nunca íbamos a salir de la pobreza.—Era nuestra única oportunidad.
Yo la miraba tratando de entender sus palabras y también su situación.Sabía cuánto quería a mis hermanos y sabía que nunca los abandonaría.Ella también era una madre de corazón roto, aunque se hiciera la fuerte para que yo no me deshiciera por completo.
Una esperanza calladita pero fuerte
Seguimos el viaje entre llanto y tristeza, con el dolor pegado al pecho como una piedra.Pero había algo más…una esperanza calladita pero fuerte: la convicción de que ese sacrificio tan duro iba a servir para cambiar la historia de nuestra familia.
Ese momento se quedó conmigo.Porque ahí entendí, por primera vez, los sacrificios que alguien tiene que hacer por los suyos.
Reflexión final
Hoy, con el paso del tiempo, veo a esa adolescente y la abrazo.
Porque aunque se subió al camión con el corazón quebrado, también llevaba dentro la fuerza para seguir adelante.
Ese viaje no solo me cambió de país…
me cambió la vida para siempre.
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